Capítulos 94, 95, 96, 97, 98 y 99

CAPITULO 94
Después de cenar, Laura no se fue a su dormitorio, sino a la otra
habitación. A la que tenía habilitada como despacho. Y despachó, lo que le
pareció más urgente.
Al día siguiente regresaría a la oficina, así que el resto de temas los
resolvería allí.
Y se dedicó a su Instagram. A sus queridísimos amigos.
Todos, menos William, habían respondido tan cariñosamente como
siempre, a su Faro de Buena esperanza.
Cuánto deseaba no defraudarlos. Se lo merecían todo.
Les contestó y les envió todo su cariño. Ahora eran también su familia.
Laura reflexionó sobre la trascendencia de las Redes. Y de los lazos
virtuales que en ellas se creaban. Llegando a parecer reales. Llegando a ser
reales. Como sus amigos Carlos y Sofía, con los que había cenado en
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Marrakech.
Eligió con cuidado y colgó una nueva foto. Una que le encantaba y que
se había hecho años atrás, junto a la esfinge de Gizeh, en su viaje a Egipto. Y
escribió un relato maravilloso sobre los faraones, las pirámides y su
construcción.
Lo leyó al terminar y le gustó. Mucho. Pensó que también les gustaría
a sus amigos. Lo publicó.
Miró su “direct” y encontró una solicitud pendiente. No le era
conocida. Aun así la abrió.
Era de @AlexVelasco. Le escribía: Buenos días Laura. Me llamo Alex
Velasco, soy pintor y vivo en Berlín. Próximamente voy a exponer una
colección de doce cuadros, y me gustaría contar con tu colaboración. Me
gustaría que escribieras un relato para cada uno de ellos. Me encanta como
escribes. Si te apetece la idea, te doy mi WhatsApp y mi correo. Para
facilitarte la labor, te enviaría una foto de cada cuadro, con el título del
mismo.
Muchas gracias y espero que aceptes. Un cordial saludo. Alex.
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PD: Por si necesitas más información acerca de mi persona, te dejo
este enlace: www.alexvelascopaint.com
A Laura le gustó la idea y cómo se la había contado.
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CAPITULO 95
Alex había nacido en Madrid hacía cuarenta y dos años.
Estudió arquitectura en Pamplona y al terminar se fue a Berlín a
trabajar en un estudio. Allí se hizo un nombre, y años más tarde abrió el
suyo.
El estudio creció, contrató a gente, ganó premios, y ahora, además de
dirigirlo, se dedicaba a pintar.
Como tenía muy buena reputación y relaciones. Sus cuadros eran muy
cotizados y colgaban en todas las paredes. En casas de particulares y en
dependencias públicas.
A Laura también le gustó Alex, al verlo en su Web.
Era un nombre de apariencia normal. Rubio. Con unos ojos azules muy
penetrantes. Que eran la puerta abierta, hacía un hombre realmente
interesante. A Laura no le hizo falta nada más, para contestarle lo siguiente:
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Buenas noches Alex: Siento no haber podido escribirte antes. Para mí
será todo un placer, colaborar en tu exposición. Este es mi WhatsApp y este
mi email. Estoy a tu disposición. Y enhorabuena. Se despidió también con un
cordial saludo.
En la cuenta de William no entró, porque eso era lo que había
decidido. No, no entró y no vio sus fotos. Pero se quedó con muchas ganas.
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CAPITULO 96
William estaba terminando. Ya se había dado una vuelta por todas sus
redes y a todos sus followers. Estaba cansado.
El viaje aunque no había sido largo en exceso, había sido un viaje. Y
luego atenderles. A veces resultaba agotador.
Antes de cerrar, quiso volver a Laura. A releer sus historias. Para
relajarse.
Entró en su cuenta; y por fin pudo respirar su reprimido corazón.
La inmensa belleza de la Esfinge de Gizeh le derrotó. Y William se
confesó: Esfinge, qué me pasa, porqué me siento así. Qué puedo hacer. No
quiero perderla.
Solo fue un momento, un instante de debilidad; pero parece que la
esfinge le escuchó. Porque William halló su solución.
Trataría de acercar a Laura. A su estilo. A su manera. A su vida.
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Y se le ocurrió la siguiente idea para llamar su atención.
Si Laura colgaba una foto de Egipto, William, a continuación, la
colgaría también de Egipto. Si la de Laura era de La City, la de William
también lo sería. Y además, empezaría su presentación, con la última frase
escrita por Laura. La idea le hizo sonreír. Le pareció retadora. Volvía a ser
él.
¿Cuál sería la reacción de Laura? ¿Se enfadaría? ¿Le seguiría el juego?
Con suerte, le enviaría un nuevo “direct”.
Así que William buscó entre sus archivos, y encontró una foto del
Nilo. Un bello atardecer. Lo colgó. Y empezó su frase, donde la había dejado
Laura: allí fueron enterrados los faraones.
Laura, ya no entraba en su cuenta. Ni vio la foto. Ni lo que le había
escrito.
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CAPITULO 97
En Camps Bay, Julles cerraba su Samsonite. Había cambiado de idea,
y adelantado su viaje. Como William.
Al día siguiente volvería a España. No tenía sentido acabar allí sus
vacaciones. Prefería pasarlas con Laura. Estar a su lado ¡Cómo la quería!
¡No podía estar sin ella!
Lo intentaría con todas sus fuerzas. Le pediría que se casara con él.
No, no esperaría. Le daría una sorpresa.
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CAPITULO 98
Amaneció un día gris, lluvioso y muy húmedo en Bilbao. Lo que solía
ser normal por allí en Enero. Laura, lo primero que hizo fue desayunar:
leche, Cola Cao y cereales (que le encantaban), y que siempre tenía, porque
no se estropeaban.
Después se fue al armario. Traje chaqueta de lana gris, camisa blanca,
gabardina y botines. Su tablet. Un bolso, un paraguas y se marchó.
Se animó a ir andando. No diluviaba, así que podía ir bajo los
soportales primero, y bajo los alféizares de las fachadas después. A ver si
tenía suerte y llegaba sin chorrear a la oficina.
A Laura le gustaba mucho andar, mucho más que conducir. Así que
siempre que tenía dudas, se arriesgaba. Se decidía por caminar.
En diez minutos ya había llegado. Suerte, se había librado del
chaparrón.
La delegación de Marfall & Co. ocupaba un dúplex de más de
cuatrocientos metros en el centro de Bilbao. En la calle Alameda Urkijo.
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Casi en frente de El Corte Inglés. Aunque el portal y escaleras no
impresionaban; la oficina sí. Tenía unos techos altísimos, forrados de madera
labrada y todas las paredes también lo estaban. O totalmente; o hasta la
mitad. Luciendo un ancho y moldurado zócalo.
Toda la oficina estaba alfombrada en granate. Su mobiliario era
exquisito. Algún buen decorador había sabido combinar, con acierto, el estilo
funcional, y las obras de arte. Pintura sobre todo, aunque también había
esculturas. Más abundantes en las salas de reuniones.
Laura llamó y la puerta se abrió automáticamente. Sara, la
recepcionista, la saludó con una amplia sonrisa, y después todos los demás,
mientras avanzaba hacia su despacho, al fondo del pasillo.
Qué tal las vacaciones. Cómo lo has pasado. Ya te echábamos de
menos, y así hasta que llegó. Qué buen ambiente se respiraba. Cada uno
tendría sus cosas, y sus problemas, pero se los dejaba fuera. A la oficina sólo
se llevaba el compañerismo y la buena educación. Era un grupo humano
sensacional. A Laura le gustaba trabajar allí.
Abrió su despacho, que no estaba cerrado con llave, y entró. Apenas
había terminado de quitarse la gabardina, cuando asomó la nariz su jefe.
Rodrigo. Para decirle, que solo quería saludarle y que ya hablarían más tarde.
Un gran jefe, pensó. Se sentó y encendió su ordenador.
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CAPITULO 99
William se despertó. Ya debía de ser tarde. La persiana no estaba del
todo baja y entraba mucha claridad.
Abrió la ventana, orientada al sur y ¡oohh maravilla! El sol, el mar,
Gibraltar y la costa de África. Todo se podía divisar desde allí, en un día
absolutamente nítido.
William en gayumbos y en camiseta, aspiró, casi con devoción, el
oxígeno cargado de olor a mar, que le regalaba su Mediterráneo. Y sonrió.
¡Qué bien estaba en casa!
No tenía planes. De vacaciones. Así que se lo tomaría con calma.
Tenía su trolley y la mochila por deshacer, pero lo primero que haría,
sería vestirse para ir a desayunar. A Estepona. Le pillaba más cerca. Sentado
en la terraza de El Pescador, estaría de fábula.
Se puso unos jeans. Unos zapatos Geox, un suéter manga larga blanco
Lacoste. Chamarra corta negra cuero Hackett; y a por una rebanada de pan
con jamón untada en tomate y aceite del bueno. O mejor dos. Para terminar
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sería un café. Arrancó. Qué bien sonaba el motor boxer. ¡A música celestial!
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