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Introducción
Es para el Colypro un alcance este
resultado literario. Generar un espacio
donde se comparta literatura fue uno de
los objetivos iniciales y principales de lo
que fue el certamen Urí de cuento corto
“Tiquicia en breve.”
Como se verá, hay dos “Costa Ricas”
presentes en estas participaciones. La
Costa Rica campesina, donde la figura
de la abuela como figura referencial
de una memoria histórica que permea
el campo, el café chorreado; y la Costa
Rica contemporánea donde el trajín, las
presas que desesperan, en donde surgen
reflexiones de lo que es el presente, de lo
que es Costa Rica diariamente.
De colegiados para Costa Rica, este aporte
literario.
Lcda. Mayra Alejandra Montiel
Gestora Académica de
Español - Estudios Sociales - Cívica
Índice
Abuelita ganamos la lotería 3
Amanecer
4
Bosorola
5
La Deshija de tabaco
6
El almohadón azul
7
El duendecillo
8
El niño campeón
9
El secreto de la felicidad 10
La vela de doña Fela
11
Las Ellas de 1856
12
Lo sabe el viento
13
Magdalena
14
Mucho más que un viaje en tren
15
Pepe y Claudia
16
Pura Vida
17
Sueño truncado
18
Un milagro
19
Una nota olvidada
20
Una tarde en el bus
21
¡Valor!
22
“Tiquicia en breve”, 20 Cuentos Cortos
Abuelita, ganamos la lotería
Jeiner Molina Angulo
El niño corrió entre los caminos polvorientos cubiertos de hojas de guarumo y cuchillitos de poró,
rojos como la sangre que irrigaba su cuerpo enclenque. Sintió por un momento que su corazón
se le salía del pecho y corrió más rápido, entre la hojarasca, movido por un impulso de su alma
buena acostumbrada a las privaciones, pero también a las esperanzas. ¡Ay, Negrita de los Ángeles,
si tan sólo abuela…! _ se decía para sí, en medio de su atarantado camino. San Ramón de Alajuela
amanecía entre brumas espesas y una silampa que empapaba el alma. Un olorcito a café recién
chorreado vigorizaba a los campesinos que habían abandonado ya sus lechos para entregarse a
su jornal y levantaron sus rostros, heridos aún por el sol de marzo, para ver al niño pasar en aquella
carrera interminable, en medio de las chayoteras y los frijolares.
Llegó a la ciudad. En la esquina de la botica de don Deseado, el niño se encontró de frente con
su padrino, Toño, el cual lo regañó por andar corriendo sin cuidado. Le pidió el bendito y continuó
su carrera, ahora entre las calles de la ciudad de los poetas. Pasó de largo por la pulpería de don
Socorro y sólo detuvo su paso agigantado frente a la parroquia, en el mismo instante en el que se
unían los latines del padre Hidalgo con el canto de las aves tempraneras. El humo del incienso se
escapa entre los vitrales y al niño le pareció que sería muy desagradecido si no entraba un minuto
en el templo. Se quitó el desteñido sombrerillo de lona que llevaba desde hacía más de tres años,
sin quitárselo nunca, salvo esas sagradas excepciones y se sentó en la banca de cedro amargo,
finamente decorada con cruces y flores. Sus ojos se perdieron en la infinidad de la cúpula y recordó
a su difunta madrecita. Después de rezar una oración apurada, con el amén en la boca, hizo un
garabato en su rostro remedando una cruz. Retomó su camino. Por fin, el niño llegó con el alma en
la mano, dejó abierto el portoncillo de madera de tablas, manufactura del abuelo Alfredo, se apoyó
en el quicio de la puerta y entre suspiros saludó a la abuela. Tobalina dejó por un momento su rutina
de examinar las hojas de la planta de lotería que estaba en la salita de su casa, y se quitó sus lentes
sujetados con un cordón negro de zapato.
-¿Y vos por qué venís tan apurado? Se te va a salir el alma por la boca.
_ Dicen en el pueblo que vos te ganaste la lotería, ¿es cierto, abuelita? ¿Nos ganamos la lotería,
abuela Toba?
-Claro mijo, hoy hace nueve años. Por eso te mandé a llamar. Aquí hay un poco de miel de ayote
que te hice. Ya ni te acordás, carajillo, que hoy cumplís años.
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“Tiquicia en breve”, 20 Cuentos Cortos
Amanecer
Ligia Cortés Vega
El canto del gallo se escucha en la madrugada, sin embargo, para Tita Mila, el día ya había
comenzado, cuando como por arte de magia se despierta antes de escucharlo, su sonido solo le
afirma que el deseo de levantarse e iniciar un nuevo día es real. Antes de poner un pie en el suelo, no
puede dejar de darle gracias a Papá Dios por el nuevo día y de una vez pedirle todas las bendiciones
posibles para toda su familia, al pie de la cama sus chanclas, compañeras de sus largas jornadas.
Tita Mila es una mujer mayor, pero su alma vigorosa aún mantiene el deseoso accionar de su
cuerpo. Rápidamente cambia sus prendas de dormir por un hermoso vestido cubierto de flores,
porque una mujer siempre debe tener un buena presentación, además, no olvida su compañero de
atuendo, el delantal que cubre su pecho y amarra a su cintura, lava su rostro con bendita agua fría,
porque es mejor para el alma y un delicado peinado de moño en trenza acomoda sus cabellos algo
grisáceos por el tiempo.
Rápidamente se dirige a su cocina, su lugar favorito. Los tiempos han cambiado, sus hijos le han
regalado muchas cosas tecnológicas, pero no, Tita Mila aún quiere continuar con las cosas que le
llenan el alma, su cocina de leña en una esquina, invitándola a transformarla en un espacio mágico
para la creación de los más exquisitos manjares. Con amor, coloca la leña y enciende el fuego, en un
abrir y cerrar de ojos el espacio se cubre de un calor inigualable, la cafetera encierra el agua para
chorrear el cafecito y sus manos palmean las deliciosas tortillas con las que su familia desayunará
ese día.
¡Cómo han cambiado los tiempos! – piensa, mientras compone los frijolitos del almuerzo - los
chiquillos con sus aparatos tecnológicos, los adultos con sus trabajos en un puro corre corre ¡que
diferente era la vida antes!- suspira con nostalgia. Sin embargo, a pesar de ello, mirando con un
sentimiento profundo el fuego proveniente de su cocina de leña, Tita Mila sabe que en el calorcito
de su cocina se mantiene viva la Costa Rica que todos los ticos amamos.
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“Tiquicia en breve”, 20 Cuentos Cortos
BOSOROLA
Gustavo Castillo
La leña quejumbrosa soltó un espumarajo, seguida de un canto de pájaro güis que confirmaba la
noticia desde aquella ramita temblorosa, sí, esa al otro lado de la tapia…Los vecinos tenían árboles.
Confundida, sin saber qué hacer, acató solo a ordenar los trastos de siempre en la pila y los poquitos
muebles que vivían con ella entre aquellas latas herrumbradas, no por humedad, sino a falta de algo
nuevo.
Una hora. Dos más. Nada. Iban a ser las ocho de la mañana y nada todavía.
Con la bolsa de chorrear rota y en el hueco de la mano, ya fría, salió por la puerta que daba al
patio, rumbo de las pocas macetas que el verano todavía dejaba estar un ratillo más. Allí, a modo
de testigo, frente a un rosal que se enderezaba lleno de botones rosados contra una pared amarilla,
recién pintada, repartió la mitad de la bosorola entre las matas. La otra parte, por supuesto, quedó
sentada y húmeda en el fondo del pichel de lata, sobre la mesa. Tanto soró tan negro la hizo suspirar.
De vuelta en la casa, pasó volada frente al espejo, como quien dice para capearse la edad. Y la
pobreza. Habría seguido hasta el servicio de no ser por unos nudillos que se estrellaron contra la
puerta, inoportunos. O a lo mejor no. Quién sabe.
– ¿Gordo…? – preguntó sin querer. Qué vergüenza, se dijo. Capaz que era algún polaco. No, qué
va. Si no pasó ayer le toca ahora hasta la que viene, pensó.
– Soy yo. Le traje pan – dijo una voz rara, pero que soltó una tos inconfundible.
– No queda café – respondió ella, con temor de dejarse embargar por la ilusión.
– Diay no, ento’es no. Si quiere mejor paso otro día que...
– Pase – cortó ella, impaciente, en lo que le abría la puerta. Ya le voy alistar un jarro de aguadulce.
Más que obediente, el hombre entró y se sentó a la mesa. Por primera vez, sintió que podía
escuchar aquellas palabras que había estado evitando, hará veinticinco años. Por dicha, se había
acordado del pan. Ah, y de una bolsa de natilla…
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“Tiquicia en breve”, 20 Cuentos Cortos
La Deshija de tabaco
Francia Solís García
Sus padres habian llegado de Naranjo de Alajuela, hasta San Miguel de Tilarán. Transcurría el año
1929, y allí, en una finquilla se asentaron... Comenzó a germinar la tierra al unísono que el útero
de la mujer. Por las madrugadas, el olor a café y tortillas inundaba el humilde rancho, mientras los
tizones chispeaban cantando entre los tinamastes del fogón.
Un viernes, cuando el sol estaba en su punto máximo, el padre encomineda a dos de sus hijos la
deshija del tabacal, tarea dura y extenuante.
Mientras Nelio y su hermana Oliva deshijaban las plantas, una manada de monos cariblancos en
extrema algarabía alborotaban como diablillos muy cerca de donde estaban los niños.
--Dicen que esos monos cuando se enojan, bajan y lo ahorcan a uno con el rabo, --dijo su hermana.
Y tomando a Nelio de cinco años de la mano regresaron al rancho.
Duro de carácter, el padre marcó las canillas de sus retoños con cuatro cinchazos; marchándose
el mismo a terminar la faena en el tabacal. Mientras los güilas quedaban llorando en el corredor.
--¡Sinvergüenzas, como le zafan el lomo al trabajo!
Transcurrida media hora… pálido, lívido, y cabizbajo, venía de regreso el padre, traía arrastrando
una terciopelo de tres varas…
--¡Solo a diez varas, solamente a diez varas de Nelio y Oliva estaba la bicha!…
--¡Mis chiquitos! Tatica Dios mandó al “Ángel de la Guardia” en esos monos para salvarles la
vida…
“La chita Lucia ya había muerto de un ataque de lombrices”
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“Tiquicia en breve”, 20 Cuentos Cortos
El almohadón azul
Alfredo Espinoza Quirós
A las abuelas de Costa Rica les encantaba bordar y la mía no era la excepción. Con sus grandes
aros barnizados, su dedal encantado, agujas de todos los tamaños y muchas madejas de hilos
multicolores, bordaba mágicas historias sobre finas telas blancas que después iba a vender a las
señoras ricas de la capital.
Cuando era solo un niño mi abuela bordó un hermoso pony blanco sobre una suave funda de
color azul. Luego la rellenó con pétalos aromatizados que cortó de su amado jardín.
- Mi querido Raúl. Este almohadón es para ti.- Me dijo un día al atardecer.
- Él te llevará a mágicos lugares donde respirarás alegría y amor. Ahí aprenderás el valor de
existir, de amar y la importancia de la sinceridad y la humildad.
Le di un beso en la frente y esa misma tarde, suavemente mi querida abuela murió.
Desde entonces, todas las noches coloco mi cabeza sobre el almohadón azul y me dejo llevar
flotando hasta un lugar especial. Ahí un Gran Señor todo vestido de organdí, sentado en un trono
de oro que parece flotar me habló así:
- Hoy conocerás un mundo nuevo y serás feliz. –
- ¿No entiendo su Merced? – Respondí con quebrantada voz.
- Esta noche viajarás al Valle de los Ponys y los cuidarás. Siempre algo nuevo te enseñarán como
tu abuela te explicó – Indicó el Ser Celestial.
Desde entonces, todas las noches visito el Valle de los Ponys, galopo sobre uno en especial y
juego con otros niños, que… ¿no sé por qué? pero también visitan y aprenden en aquel lugar.
Una vez siendo ya un poco mayor cuando me despedí, vi a mi pony llorar. A la noche siguiente
angustiado le pregunté:
- ¿He visto tus lágrimas, quiero saber lo que pasó?
- En este lugar cada pony representa el espíritu de niño feliz que todo ser humano lleva dentro de
sí - Me dijo el pony con dolor.
- Pero cuando ese espíritu crece y se convierte en mayor…, el niño ya no está; entonces nosotros
tenemos que partir. – Me dijo mientras me miraba con dulzura y en forma de nube blanca se esfumó.
Desde aquel día todas las noches abrazo con cariño el almohadón azul que mi abuela me regaló.
Sin embargo, llego tan cansado que no viajo a ningún lugar. Entonces me despierto y con una
tranquilidad inmensa recuerdo los años hermosos de mi niñez cuando escuchaba las historias de mi
abuela mientras bordaba sus policromáticas historias con el rostro bañado por su cálida mirada de
magia, paz y amor.
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“Tiquicia en breve”, 20 Cuentos Cortos
El Duendecillo
Israel Jiménez Chacón
Los hechos que voy a relatarles, ocurrieron no hace mucho en un cafetal normal como la mayoría,
con ese gran árbol que lo cobija, el Poró Extranjero, cuyas flores son anaranjadas. Uno de sus
hermanos, el Poró de pitillos rojos, vigila los límites del cafetal apostado en las cercas. Me contaron
que en el cafetal habita un duende, que protege la Naturaleza y sus alrededores, para que las cosas
no cambien mucho y no se destruya su hábitat, así como el nuestro.
Su camisa es verde, su pantaloncillo rojo y del tamaño de una cuarta. Le gusta recorrer los límites
del cafetal y observa triste, cómo, poco a poco, el paisaje verde disminuye en derredor. Por supuesto,
sabe que el ser humano es el responsable de la destrucción de la Naturaleza.
Al atardecer de un día caluroso, estaba nuestro duendecillo con estas reflexiones, cuando apareció
el leñador don Tulio, quién le había pedido permiso a don Félix, el dueño del cafetal, para recoger
la madera de la poda. De improviso, nuestro duendecillo, sin que lo esperásemos, se tiró del Poró
Extranjero y ató, en un santiamén, a don Tulio al árbol. Don Tulio paralizado y asustado, solamente
observó que no podía moverse. Cuando la luz se trocó en oscuridad, los búhos ululaban y uno
que otro murciélago pasaba junto a él, así como algún gusano fosforescente. La luna con costos
observaba la angustia de don Tulio, debido a que las nubes tapaban su visibilidad. De repente, vio
algo a lo lejos que se movía en la obscuridad, y se aproximaba lentamente, no podía reconocerlo
porque estaba mimetizado en la noche. Llegó junto a sus pies y lo miró, sus ojos eran como brasas.
El cuerpo de don Tulio fue recorrido por un gran escalofrío, que empezó en sus pies y remató en un
fuerte y sordo alarido de desesperación, que los vecinos comentarían al amanecer, cuando fueran a
la Taquilla a comprar el pan de bollito para el desayuno; pensaron que fue la Tulevieja o la Llorona la
que había gritado. El viento de media noche sopló. Don Tulio había sido asombrado por el Cadejos.
A la mañana siguiente, don Félix encontró a don Tulio sentado junto al Poró y con frío. Solamente,
la ferviente plegaria a Dios pudo soltar a don Tulio del hechizo del Duendecillo.
“Cuidemos todos la Naturaleza y evitémonos problemas”.
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“Tiquicia en breve”, 20 Cuentos Cortos
El niño campeón
Julio Madrigal Castellanos
Dicen que los campeones se hacen, otros que no, que estos nacen. De eso no se sabe a ciencia
cierta. Lo que sí les puedo contar, es sobre Julián, niño nacido en Santa Cecilia de Agua Buena, en
lo más al sur de nuestro país. Él desde pequeño le dio por hacer cosas extremas, subir las montañas
más altas, escalar ríos, correr por la sabana y todo tipo de cosas no muy comunes en niños de corta
edad.
En la escuela casi no hablaba, aunque tenía una excelente relación con los compañeros, era muy
vergonzoso, los padres, que siempre lo acompañaron en sus andanzas, lo impulsaron para ser más
comunicativo y expresar sus cosas, pero él no cedía. Un día los padres de Julián le contaron a la
maestra y compañeros de estas hazañas, todos gustaron de la historia y de paso comprendían por
qué Julián sabía tanto de la naturaleza, geografía, de las matemáticas y además, de por qué era
tan picado en los juegos de quedó, escondido, bola y cualquier otro que el ingenio de los niños
desarrollan en la escuela. Esto dio pie para que los profesores lo pusieran en el equipo de futbol, a
él le encantaba, siempre entrenaba, iba a los juegos y daba todo por su institución. La felicidad que
siempre se veía en sus ojos y esa gran sonrisa, motivó a muchos a participar y asistir a los juegos
escolares, Julián era un niño cachetón y regordete, eso daba más motivación a muchos, ya que él
siempre sumaba con su silencio, su determinación y su sonrisa.
Esta actitud callada pero integradora, siempre estuvo a flor de piel, hasta se ganó un apodo, le
decían Gordo. Continuó en lo del deporte, por sus triunfos y cosas del destino, tuvo que en su juventud
partir para otro país, ahí de inmediato, al ver sus capacidades físicas lo integraron a un equipo de
triatlón, aprendió otros idiomas, rompió con el tiempo su silencio y se hizo muy comunicativo con los
compañeros, siguió poniendo atención en la escuela y pudo ser siempre de los mejores, un día lo
invitaron al campeonato mundial de Biatlhe, realizó una gran preparación e hizo dicha competencia
a nombre de su país, quedó Campeón del Mundo y siguió haciendo deporte de alto rendimiento, ya
no es aquel niño regordete, ahora es más alto y espigado, pero siempre con una sonrisa en su rostro,
un gran corazón, con nuevas metas y un listón más alto, superarse a sí mismo, para seguir siendo un
gran campeón.
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“Tiquicia en breve”, 20 Cuentos Cortos
“El secreto de la felicidad”
José Pablo Ramírez Méndez
Una ventosa mañana en el silencioso pueblo del Valledetico, pudo observar como aquella
anciana desconocida entraba por la calle principal cargando en sus manos un baúl herméticamente
sellado. Este cofre iba rotulado con la leyenda “el secreto de la felicidad”. La extraña dama caminó
lentamente por los polvorientos senderos del pueblo, mientras, de manera paulatina, cada uno de
los habitantes le seguían, en lo sumo curiosos, anclados en aquella solución mágica que parecía
portar la viejecita.
Uno a uno los vecinos formaron una caravana tras de la octogenaria visitante. Esta, luego de mirar
atrás, detuvo su paso en la conocida antigua pulpería para solicitar un sorbo de agua. A pesar de
sus muchos años avanzó segura, aunque lenta, al mismo tiempo que sostenía cuidadosamente el
misterioso baúl.
De pronto, aquella visitante se detuvo sobre un viejo tronco. Pidió ayuda a un niño para subir al
mismo, colocando sus crispadas manos sobre el hombro del infante, como si este fuese un bastón
humano. Ya erguida como roble sobre aquella mitad de árbol, logró levantar con mucha dificultad
el baúl, y mostrando aquella leyenda, se dirigió a la multitud lanzando una pregunta:
-¿Han venido para conocer el secreto de la felicidad?
-¡Sí! contestó la muchedumbre.
Fue entonces cuando abrió muy lentamente el baúl, y exclamó:
-¡Suspiren ahora….!
El baúl aparentemente vacío, solo contenía una bocanada de aire.
-“¡Que todos tengan tierra, como tienen el aire. ¡Esa es la felicidad!”. Exclamó a voz en cuello la
longeva dama. Un silencio le sucedió y un murmullo lo rompió.
La viejecita colocó el baúl sobre el tronco, y se retiró como vino; a paso lento y seguro. Con las
manos vacías y una cómplice sonrisa, aquel rostro surcado por los calendarios se despedía satisfecho
por haber cumplido su último cometido.
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“Tiquicia en breve”, 20 Cuentos Cortos
La vela de doña Fela
Edith Pérez Méndez
Cuentan que a la vuelta de la esquina, cerquita de la pulpería, murió doña Fela. No, ella no murió
en la calle, es que por ahí vivía. Doña Fela era una señora algo solitaria y un poco refunfuñona, pero
que siempre tenía tema de conversación.
La cuestión es que al morir doña Fela, sus familiares acudieron a la que fue su casa y de acuerdo
a su última voluntad, ahí mismo realizaron la vela. Era una vela como Dios manda, ahí no faltaba el
altar ni el aguadulce y mucho menos las flores. Y ni hablar de los asistentes, porque en esa casa no
cabía un alfiler. Ciertamente doña Fela logró reunir a las masas aunque fuera después de su partida.
Aunque dicen que no hay muerto malo, ella sí que valía la pena. ¡La gente la quería tanto!, me
imagino que por hablantina. No había quién no la detuviera en la calle para saludarla, o quien no se
quedara en el jardín de su casa arreglando el mundo, como ella decía. ¡Ay doña Fela, tan buen pan
que hacía! Y no lo digo en sentido figurado porque horneando no había quién le quedara.
Cayó la noche y la multitud aumentaba, había personas hasta en la acera del frente. De todo se
podía escuchar entre los asistentes, desde el último gol de la Sele hasta la receta que dieron en la
tele en la mañana, y no faltaba quien recordara lo que había hecho doña Fela en vida. Por allá se
oía un sollozo y por otro lado una risita, debido a algún chiste contado en honor a su alegría. En la
entrada de la casa sólo se oía la voz de doña Rosa con un Ave María, cuando ya casi terminaba el
rosario. Y aunque dice el dicho que nunca falta un borracho en una vela, esta si fue la excepción;
bueno, si no contamos a don Lalo que llegó en una llamita, con la guitarra al hombro, a despedir a
la difunta con una canción.
Y así fue como se le dijo adiós a doña Fela. Si, la misma que vivía cerca de la esquina por la
pulpería. Ya era la una de la mañana y de ahí nadie se movía, fue como hasta las tres que se empezó
a desgranar la gente y quedó acompañándola la familia. Que digo la familia, ¡los de su sangre!,
porque todos los que llegaron esa noche demostraron ser, como buenos Ticos, una familia escogida.
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“Tiquicia en breve”, 20 Cuentos Cortos
Las Ellas de 1856
(Hugo Marín Guillén)
El vigilante nocturno se mantenía en pie y la tropa descansaba con un ojo abierto y otro cerrado. El
campamento aún permanecía inerte en los brazos de la tierra que tenía su paz en peligro. Ellas...las
luchadoras diarias iniciaban su arduo trabajo a la hora en que la media luna emprendía el momento
de agotar su luz. Eso debió ser a eso de las 3:00 p.m. de la madrugada.
Ya Elena, esa mujer morena, tosca y de grandes curvas, de estirpe chorotega y bravía, tomaba
en sus manos la energía del sol convertida en grano y le daba forma a la masa en una tortilla,
calentaba así, la sabia de la Tierra y preparaba un agua dulce. Ella sufrida y movida por el valor
que caracteriza a la mujer de estas tierras, dio un salto inesperado y tomó el rifle del soldado que
en ese momento se comía una porción de sol convertido en hogaza de pan. Ella disparó dando al
blanco a un espía enemigo: un filibustero y de un plomazo ¡Sácatas!, mató a un soldado enemigo
que cobardemente por la espalda atentaba contra la vida de la Patria, contra el soldado vigilante,
un hijo de esta tierra de pampa y llanura, de valle y montañas, de calor y frescor. Ella como gran
mujer le dio la vida nuevamente a ese hombre. Ella también, con su trabajo y dolor, parió Patria y
forjó nación. Nuevamente el ejército partió y ellas siguieron al batallón, algunas armadas. Y después
allá por Sardinal, Ella y muchas otras que caminaron con el ejército se asentaron por ahí, armaron el
campamento: unas, prepararon los espacios para el desarrollo de las actividades que daban vida al
ejército nacional y sus hombres; es decir, lugares donde se preparaba el pan diario, y otro, donde
estas mujeres resguardaban los pertrechos de guerra y sus armas, defendían las bodegas hechizas
y protegían los enceres militares necesarios para defenderse del filibusterismo. Ella, armada,
defendía un punto primordial de los resguardos alimenticios y todos los pertrechos militares que
junto con otros soldados hombres, le correspondían cuidar con el fin de satisfacer las necesidades
de armamento. Ahí por los inicios de abril, un grupo de mujeres que recorrían las márgenes del río
Sardinal, afluente del Sarapiquí, que recogían agua para sus quehaceres básicos, se toparon con
varias embarcaciones filibusteras.
Ella dijo: “Compañeras vean ahí ¿qué es eso?”
-Las otras contestaron: “Un ataque del enemigo”.
Así tomaron los rifles y se pusieron en posición de ataque. Ella corrió al campamento y avisó al
grupo de soldados, y con ellos al frente, iniciaron el camino hacia la ribera del río, donde ya el grupo
de mujeres estaba en posición de ataque. Las mujeres y los hombres lograron en un trabajo conjunto
la refriega de cuatro hombres, en la lucha en tierra de este lado del río, un número indeterminado en
el agua y una embarcación de cuatro que la llevaban. La tropa costarricense, por su parte, reportó
un muerto, siete heridos y dos desaparecidas. Ella rememora junto a sus nietos, desde el corredor
de aquella vieja casona, lo sucedido en aquel abril de 1856 y les dice: –“Así güilas es como se inicia
la construcción de la paz en este, un pequeño lugar del trópico americano”.
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“Tiquicia en breve”, 20 Cuentos Cortos
Lo sabe el viento
Raúl Arce Carvajal
Las aguas que enamoré al coquetear con las olas del mar, dejé sobre las selvas en Barra
del Colorado y vi cómo las palmas sus melenas sacudían. Empujé la neblina y me acurruqué en
las copas de árboles que protegen oscuras aves de plumas erizadas; sacudí mi frío y miré los
animales recogidos entre gambas y hoyos, hierbas y laderas. Llevé la bruma, acaricié los cerros,
despeiné sus crestas y les puse un velo. Hice remolinos en el Monte de la Cruz y espanté fantasmas
en el Castillo. Volé por los potreros, saltando tapavientos de ciprés.
Hallé la noche sembrada sobre una humilde casa y, con un suave aliento, la hice estremecer. Por
las rendijas las candelas crean fantasmagóricas sombras. Una sombra con chonete, abrigándose
con sus brazos desnudos, dijo:
-Oyime Jesús María, por qué no entrás pa’dentro, mama está angustiada y nu’ace más que llorar
en algún rincón, lejos de tata.
-Usté sabe que no puedo. Respondió Jesús María, una sombra fundida con el targuá, sobre el
cual dejaba caer finísimas gotas de agua del río Segundo.
-Aprovechá que tata anda en Heredia. Dijo la sombra del chonete.
-Si por eso estoy aquí... Si no me juera llevado ese caballo, más pior, si no lo juera apostao.
Parecía facilito... con los jamelgos que corrían en ese turno, pero, idya... Decía Jesús María con su
mirada clavaba en el suelo húmedo.
La madre de pie, como si mirara a través de las tablas; asida a sus enaguas una niña y en un
camastro un muchachito y un bebé. La niña preguntó:
-Ma, ¿qué le pasa a Jesús María? ¿no lo quiere tata?
-No es eso, m’ija, va’ver que todo se va’rreglar. Mientras arrollaba el delantal entre sus manos,
murmuró:
-Siempre ha sido igual: qu’esque nos va’sacar d’estas penurias. Qu’esque va’cer plata y, solo en
enredos se mete. Ojalá Juancho logre que don Hernán nos devuelva el Pinto, pa’que estemos en
paz, qu’es lo que vale.
Búhos y lechuzas asusto cuando las góticas torres escalo y me enrumbo a Heredia. En la
penumbra, un hombre de triste semblante y mangas arrolladas tira de un caballo cuyas crines
alboroté, respondiendo con un resoplido, mientras el hombre masculló algo como: -este muchacho
mío...
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“Tiquicia en breve”, 20 Cuentos Cortos
Magdalena
Daniel Villalobos Gamboa
Magdalena se asomó angustiada a la puerta entreabierta del rancho; oprimió nerviosa el crucifijo
de oro que colgaba sobre su pecho (el único lujo posible en aquella vivienda con piso de tierra).
Su rostro moreno dibujó una mueca de preocupación. Allá abajo, entre la vegetación espesa, se
visualizaba a medias el margen del río; la corriente vigorosa, se retorcía entre las piedras. Magdalena
fue a revisar el fogón. Ya hervía el agua para preparar un aguadulce y las tortillas doradas estaban
a punto. Regresó a la puerta y masculló una oración; sus pies descalzos tropezaron con una gallina
que intentaba atrapar un grano de maíz olvidado en medio de aquella extrema sencillez. Se acercó
a un altar improvisado al lado del fogón. Sobre la pared había una estampa de la Virgen de los
Ángeles, descolorida por el tiempo y el humo. La había traído de Cartago cuando visitó el Santuario
por el nacimiento de su hija Elisa, hacía ya 12 años. Encendió una vela y la colocó enfrente de la
estampa. -¡Ay madrecita, por favor cuidáme a la Elisa! Mirá que hay muchos peligros en el río.
Magdalena siempre tuvo miedo… del río, del monte, de la gente. Era recelosa y miraba hacia
el piso cuando hablaba con alguien. Respondía con monosílabos y procuraba alejarse de la gente
a la primera ocasión. Para ella era un martirio ir al poblado para hacer sus exiguas compras. Su
compañero Ramón, se hundía en la montaña a sacar palmito y maderas, a cazar tepezcuintles, a
extraer lo que fuera que le permitiera a su familia sobrevivir. Hacía dos años, una mañana de abril,
se internó en la montaña y nunca regresó. La curandera del poblado le dijo que se lo llevó el “dueño
de monte”.
Un silbido, largo y agudo, le devolvió el alma al cuerpo. Era Juan Campos, que venía por el río
repartiendo a los niños que regresaban de la escuelita. Magdalena corrió, con los ojos húmedos a
la puerta, confirmó que se aproximaban a la playita donde podía desembarcar Elisa. Se apresuró
a bajar por el sendero sin importarle lastimarse con las irregularidades del terreno. Al llegar al río,
Juan Campos ya se alejaba con ocho niños a bordo de la barcaza. Elisa la esperaba de pie, descalza
como su madre, asustada como su madre, con una bolsita de papel donde traía su cuaderno y su
lápiz. Magdalena emergió de entre la vegetación y se abalanzó sobre la niña, la abrazó y la besó
en la cabecita. Estrechadas una contra la otra, Magdalena buscó el cielo entre los árboles: -Gracias,
Madre… gracias. Empezaba a oscurecer. Subieron por el sendero, mirando nerviosamente alrededor.
Cuando ingresaron al rancho, Magdalena cerró rápidamente la puerta y la amarró a la clavija que
una vez había colocado Ramón. También cerró apresurada las hojas de la única ventana y encendió
una vela. En cuanto ingirieron el alimento, acostó a la niña y se sentó en un banco a rezar el Rosario,
como lo hacía cada noche, mientras del monte bajaba la brisa y sus habitantes se acomodaban entre
la vegetación. Magdalena se estremecía, retorcía las pelotitas de su rosario y suplicaba que pasara
pronto la noche y que el “dueño de monte” no viniera también por su niña.
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“Tiquicia en breve”, 20 Cuentos Cortos
Mucho más que un viaje en tren
Alejandra Villalobos Hernández
A su llegada a la estación de Belén, me acerco, igual que muchas otras personas, a una de sus
puertas y espero. Es probable que de todos los ahí presentes, yo era la más emocionada, y no me
apena decirlo. Al subir, no sé cuál asiento elegir, en este no, quedo de espaldas al camino, mejor
busco otro lugar, lo malo es que ya no hay asientos disponibles junto a la ventana, así que toca viajar
en el pasillo.
El viaje inicia y con él, el tradicional bamboleo de sus vagones que van de izquierda a derecha,
produciendo ruidos que evocan mi infancia. Ahí viene el señor de camisa roja, recibiendo los
tiquetes de abordaje o cobrando a aquellos que no tuvieron tiempo de comprar en la estación.
De pronto me doy cuenta que baja la velocidad y ahí está, el paso por el río Virilla, en donde
se me corta un poquito la respiración. Al otro lado del río, me encuento con una realidad distinta,
casas humildes y sencillas. Mientras suena la “pitoreta” pienso en quienes viven allí y han tenido que
aprender a vivir con sus recorridos diarios.
Mis pensamientos se disipan cuando el tren llega a su primera parada: “¡Demasa!” indica el señor
de camisa roja. Tan rápido como baja la gente también sube. Y el recorrido continúa, ahora por una
zona más industrial. De nuevo el tren baja la velocidad. Es la segunda parada: “¡Servidos en la
Jack’s!”.
Al ver el Parque La Sabana, me doy cuenta que el viaje ya está pronto de acabar. Se detiene
lentamente y “¡Contraloría, servidos!”. Acá hay muchas personas que bajan y se desplazan
rápidamente por las aceras cercanas, poca gente aborda. Avanza lentamente, como esperando a
alguien. Y pronto aparece, es el tren hacia Pavas que avanza, con sus vagones llenos de personas,
incluso algunas en los “balcones” de cada vagón, y en mi mente resuena la frase: “Ese es el tradicional
tren de Costa Rica”, y luego de pasar, seguimos con el recorrido
Ya estamos en la capital, la cercanía a las calles hace que los vehículos estén más cerca y el viaje
sea más lento. Se va acerca a la estación del Pacífico, se detiene y: “¡Última parada, servidos todos,
muchas gracias!”. El señor de camisa roja indica que el viaje ha finalizado.
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“Tiquicia en breve”, 20 Cuentos Cortos
Pepe y Claudia
Lourdes Castro Campos
Un día en Alajuela empieza con la luz del sol, que baña con brillo a la Catedral de Dios y a las
montañas que adornan al pueblo y lo llenan de color.
Muy temprano llega al Parque Central, Don Pepe, con su bigote bien arreglado y su traje negro
recién planchado. Camina despacio mirando a la Doña Claudia, quién no sale de su asombro, porque
la mirada del galán ha conquistado y Don Pepe quiere sentarse a su lado.
La pareja, Pepe y Claudia, están enamorados y su amor ha soportado todas las pruebas que el
tiempo les ha presentado. Ese amor como Alajuela ha crecido y ni el terremoto del 90 lo ha vencido.
Es una pareja de tres, con Dios en el centro como el Gran Guía y Redentor, por eso siempre van
juntos a misa para alabar al Salvador.
Don Pepe se sienta al lado de ella, su gran amor, pero Claudia le dice con triste voz… Nuestro
tiempo ha pasado no ves acaso como Alajuela ha cambiado, ya no se escucha la marimba, ni hay
baile en el quiosco, no hay limpia botas… Ya no queda nada de aquellos días en los cuales nosotros
vivíamos nuestra aurora y soñábamos con ser tan libres como las mariposas.
- Claudia de mi vida, no ves que las épocas son otras, pero Alajuela se reviste de esencia con el
Baile de la Polilla, el Festival de Cuenteros, los turnos de pueblo, los Rosarios del Niño y tantas bellas
costumbres que no se han perdido desde que nos conocimos.
- Pepe, ¿Qué crees que pase con nuestra provincia?
- Alajuela ha cambiado, como la mariposa cuando deja de ser oruga y vive con una nueva luz que
a todos relumbra. Amor mío, esta tierra de piropos, cantos alegres y apodos va a seguir siendo la
provincia de la alegría.
- Pepe, te quiero tanto como a esta tierra mía. Recuerda, nada permanece para siempre solo el
verdadero amor, como el tuyo y el mío.
- Claudia, Alajuela es sin duda, una maravillosa provincia, bendito Dios por darnos aquí la vida y
por permitirnos vivir este amor lleno de fantasía.
Ese día, Pepe y Claudia caminaron de la mano y supieron que su amor era tan fuerte como la
provincia.
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“Tiquicia en breve”, 20 Cuentos Cortos
“Pura vida”
Laura Zúñiga Hernández
Esteban descubrió el poder de la palabra desde muy temprano, cuando su madre lo dejó a los
seis meses en la guardería, pues era eso o que su madre se quedara y entonces morir de hambre
bajo el crujido del zinc sobre el ranchito en el precario.
Esa facultad la descubrió y cuando la obtuvo, la usó a su manera para decir todo y describir todo.
El olor a café le encantaba, ese aroma delicioso se le impregnó de por vida en las fosas nasales y
así se lo contaba a todos…al igual que el olor de la tierra mojada luego de un fuerte chubasco. Esos
olores, al transformarlos en palabras, le dolían en el recuerdo y un poco más en el olvido.
Una vez, luego de pernoctar bajo una helada niebla, se levantó apesadumbrado. El canto de los
gallos le aplastaba la cabeza. Tenía una preocupación tan grande que parecía tener una danta en el
esófago y unas ganas inmensas de hablar que no le salían, por primera vez.
¿Qué diría? ¿Cómo llamaría a los demás? Esas divagaciones lo atacaban como soldados. No
podía borrar tampoco el rechinar de las patas de la sillas sobre la madera del corredor…los días en
que iba a la feria a cargarle las bolsas de verduras a su abuela. La marimba a lo lejos que le salpicaba
una llovizna de notas que ahora se le clavaban como aguijones; la fragancia de la olla de carne y el
picadillo de arracache; por eso para no sentir que moría al recordar, les comentaba a los otros y en
cada una de sus palabras, se le venían las lágrimas. Tantos puñados de azúcar en sus manos, o más
bien, tapas de dulce que lo hacían aferrarse a las reminiscencias que no soltaba.
El acento, el lenguaje lo delataría, pero no importaba, su palabra era lo más importante. El “pura
vida” no le sabría igual en sus labios, no le saltaría tan fácil de la boca, nada más se lo tirarían en
la cara como la pólvora del fin de año, como el ventolero de inicios de diciembre y continuaba
hablando para permanecer en pie; atravesaba los caminos con el “pura vida”... “pura vida”…“pura
vida”, como un eco, un palpitar lejano. Los coyotes no sabían el dolor que le causaba esa poca
conversación en medio de la maleza.
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“Tiquicia en breve”, 20 Cuentos Cortos
Sueño truncado
Vilma Isabel Sánchez Castro
Soterrada en un recodo de la ladera en San Rafael arriba, una casa de adobe sonreía entre el jardín bien
recortado. El corredor con dos viejas bancas de madera a los lados le daba la bienvenida a la gente que solía
pasar por esos lares.
Las macetas con begonias y los helechos coludos, eran el único adorno a aquello que servía a la vez de sala.
En el centro de la casa, un zaguán ancho daba acceso a los dormitorios, a un lado el de las mujeres y al otro,
el de los varones. Una puerta entre abierta dejaba ver el catre doble en donde dormían dos de sus habitantes.
Debajo de él una bacinilla asomaba para los menesteres de la noche. El pasadizo desembocaba en la cocina,
en donde como monarca entronizada reinaba la cocina negra de leña con una alta chimenea, que prendida
eternamente, calentaba el ambiente de la casa que el viento de la noche quería enfriar cuando se colaba entre
los resquicios de las tejas de barro.
Sentadas frente a una jarra de café, las dos mujeres conversaban en aquella larga mesa que hacía de
comedor. Este año, dijo Esperanza, -quiero comprarles a las niñas una muñeca, para Navidad. –Nunca han
tenido una. Y me da pesar ver cómo miran la de la vecina.-Sí. Contestó, la madre. Mirando nostálgicamente, con la mirada perdida en las montañas. Enfundada en
el vestido negro, que no se había vuelto a quitar desde que había perdido a su marido. Con su largo pelo
canoso, trenzado y arrollado en un moño en la base de su nuca. Asentía sin pensar. Detrás de la puerta maciza
de madera, las dos pequeñas, Carmen y Marta escuchaban con los ojos abiertos por la noticia.
-Una muñeca, susurraban. Una para las dos. ¡Qué importa! La compartirían.
Dos meses, después, Esperanza apareció con un envoltorio entre sus manos que escondió celosamente en
medio de la ropa en el fondo del ropero de tres cuerpos.
Las niñas recogían los retazos de tela que su otra hermana, iba dejando cuando rudimentariamente cosía
los vestidos de la familia en la negrita, como cariñosamente llamaban a su máquina de coser Singer. Vestidos
respingados en la parte delantera y caídos en la trasera, ya que, sin ningún molde habían sido hechos.
Carmen y Marta sacaban a escondidas la muñeca, del tamaño de una cuarta y le cosían a mano vestiditos
de colores que iban recogiendo en un viejo baúl que tenían debajo del catre, aquellas amorosas prendas que
utilizarían para vestir a su muñeca en diciembre.
Diciembre llegó con sus vientos y sus fríos. Sus tamales, sus chocolates calientes y el rezo del rosario.
El portal se hizo en una esquina de la casa. El papel encerado comprado en el mercado. El aserrín teñido
de colores con ocre. Los patos de celuloide nadando en los espejitos que semejaban lagos. Las gallinitas
picoteando el maíz. Los arbolitos de pino hechos en cabuya. Y la Virgen y San José con la mula y el buey
esperando el nacimiento del niño Jesús. Nada podía hacer más feliz a las niñas que también esperaban la
llegada de su muñeca.
La mañana del veinticinco amaneció soleada. El sol entraba a raudales por las ventanas y las puertas
abiertas que daban la bienvenida al Niño Jesús.
Las niñas corrieron hacia el portal. A un lado del nacimiento estaba la muñeca como único regalo de
Navidad.-Boby, Boby. Se oyó la voz del vecino llamando a su perro.
Como un bólido, el zahuate entró corriendo por la puerta abierta de la cocina. Revolcando el portal y
botando todo a su paso, sacudió la muñeca con su hocico ante los gritos despavoridos de las niñas
y huyendo, se perdió en el monte.
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“Tiquicia en breve”, 20 Cuentos Cortos
Un milagro
Marcela Monge Porras
Por allá de los años sesenta, vivíamos en una humilde casa de esas de madera que crujen con
dolor por las noches, como quejándose de todo lo que habían vivido… y esto que van a leer no me
lo contaron, ni lo escuché, ni lo inventé, ni lo leí, es sencillamente la puritica verdad porque yo lo vi,
sí, yo vi un milagro.
En una tarde de esas de abril cuando hacía sol constante, cuando yo era muy niña y vivíamos
en Guadalupe, ay, cómo amaba yo mi Guadalupe, mi Pilar Jiménez…, ahora entrada en edad me
hablan de mi casa de allá, y se me hace un huequito en la panza y como unos hilitos de puro nervios
entran a mi corazón y lo destila…hacia mis recuerdos… hacia mi primer hogar… hacia mi mamá.
Ese día que les estoy contando mi mamá había comprado, con mucho esfuerzo, dos pedacitos de
un pollo asado que no llenaban ni medio plato, pa disfrutar de lo rico decía; éramos siete y como
a eso de la media tarde nos dio en una tortilla un gallito y un jarrito de café a todas porque éramos
cinco y ella también cogió, luego guardó en el horno unos pedacitos para mi papá. Afuera, se
escuchaban las voces de una cuadrilla que estaba asfaltado la calle, pues el progreso había llegado
a nuestro barrio; ah, qué tiempos más lindos de puro sol de abril… pues estábamos en lo mejor
cuando una carilla se asomó por la ventana, esas que se abrían hacia arriba y se ponía un tuquito de
madera en el marco pa que no cayera; pues esa carilla le dijo a mi mamá: “Señora, habrá pa mí…”
mi madre, mujer de gran claridad en su corazón le dijo que sí y le alistó el jarro, y sacó del horno
un pedacito de pollo, lo puso en media tortilla y le dio su gallito. El señor agradecido se fue, pero
enseguidita otra carilla se asomó y otra, y cuando vimos es que hacía fila la cuadrilla de hombres,
yo llegué a contar diez porque solo a diez sabía contar, pero había muchos más hombres frente a
aquella ventana... Mi corazón de niña asustada se estremecía, porque sabía que no iba a alcanzar y
mi papá, quien llegaba en la noche, no iba a comer; pero mi mamá les daba un jarro con café y cada
vez que abría el horno decía lo mismo: “Señor, multiplica…” ; y así fue como supe que eso que se
aprende en el catecismo de los milagros de Dios es verdad, la puritica verdad, porque yo lo vi en una
tarde de abril frente a una ventana de esas de que se abren hacia arriba…ah, y casi olvido contarles
que mi papá, también comió su gallito de pollo.
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“Tiquicia en breve”, 20 Cuentos Cortos
Una nota olvidada
Gionnathan Montoya Elizondo
No soy de los que suele clavar la mirada en el reloj esperando el timbre de salida, pero ese día
tenía el tiempo contado. Maite, mi hija, regresaba de su primer viaje fuera del país, había estado de
intercambio en Turín por 6 meses y yo debía estar en menos de 1 hora en el aeropuerto. Mi esposa,
que sabe de la mala memoria que tengo, puso en mi maletín de trabajo una nota con los datos del
vuelo para poder corroborarlos luego.
En el aula, la tarde se me hizo eterna. Jorge no terminaba de copiar el recado en el cuaderno y ya
casi era la hora de salida. De repente, sonó el timbre y sin percatarme estaba ya tras el volante, solo
recuerdo haber hecho unos rayones en el libro de firmas al salir.
Al pasar por la fuente de la Hispanidad me encontré con una manifestación, el paso estaba
totalmente cerrado. Al quedar estancado el auto se recalentó, me devolví como pude y lo dejé en
un estacionamiento. Para entonces, ya oscurecía, así que me apresuré a tomar un taxi cerca de la
UCR, con solo 40 minutos para llegar a mi destino.
El chofer, luego de poner “la maría” me indicó que el tránsito estaba muy pesado ese día. A pesar
de eso logramos avanzar bastante, hasta que al llegar a la Sabana nos paramos completamente;
era el tren que se acercaba. El estrés se apoderó de mí; parecía el tren más largo del mundo.
Lentamente, uno a uno, pasaban sus vagones mientras hacían de escenario a unos malabaristas que
hacían suertes con unos machetes frente a nosotros.
Finalmente pudimos pasar. Don Alberto, el taxista, hábilmente sorteaba huecos y alcantarillas sin
tapa, mientras tarareaba la versión rockera de “los pollitos dicen” que sonaba en la radio. Yo estaba
en trance, pensé que llegar a Alajuela sería imposible: filas de camiones, carros varados, colisiones y
mirones que reducen la velocidad para ver que pasó. El típico caos de San José en horas pico.
Solo contaba con 15 minutos, atravesar el puente de la platina en ese tiempo, sería toda una
proeza, pero para mí fortuna el paso estaba habilitado. Ahora todo estaba a mi favor.
Justo a tiempo me lancé del taxi, decenas de pasajeros salían por la puerta de arribo. Saqué la
nota del maletín para corroborar el número de vuelo en la pantalla. El sentimiento que me embargó
al leerla es incontable: “Amor, recuerda que el vuelo de Maite llega al medio día, no olvides pedir
permiso al director para que puedas salir temprano del trabajo”.
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“Tiquicia en breve”, 20 Cuentos Cortos
Una tarde en el bus
Lizeth Aguilar Zumbado
Un día cualquiera recordé la gran aventura de mi vida: un viaje inusitado en bus. Aquel día de
lluvia, la alegría de los niños, el chofer que gritaba “córranse, córranse, a ver mi reina, son cien…”, el
señor con boina, el calor, la lluvia y los asientos. Y el día que se subió un vendedor, con vehemente
presteza decía:
--Muy, muy buenos días, tengan todos y todas ustedes yo vengo de parte de la Asociación contra
el gluten, pro ayuda a la persona celiaca, una luz en su estómago. Yo les vengo a ofrecer unos
llaveritos de Campanita, Spider man o el hombre araña… para los que no saben inglés y también
unos platanitos maduros con sabor a chile picante, cada uno por la módica suma de 1000 colones,
aquí ustedes pueden ver mi identificación, ahora voy a pasar por sus asientos y recuerden que
manos que dan nunca están vacías, lleve, lleve los llaveritos, lleve los platanitos para ayudar a los
hermanos celíacos.
De pronto, se suelta un olor a pollo frito, un niño que grita porque quiere un llaverito, una
extranjera con la pierna quebrada sube y dice -¿cuánto costar pasar yo?, una coqueta que va
maquillándose en medio de olores, ruidos, frenazos y aceleramientos. También, aquella pareja que
iba discutiendo, la mujer coqueteaba con su vecino de asiento, y por los altos parlantes sonaba la
canción Dos hombres, un mismo camino. Entran dos aficionados a la Liga, le dan un golpe al novio,
un empujón, este responde igual, se oye Pare, pare la violencia y el chofer con astucia grita: -A ver,
a ver, se me arma la doble filita, que viene una viejita, ¿quién me le da campito a esta señora?, un
joven se pone en pie y la señora le agradece, misma que empieza a rezar, una mujer amamanta a su
bebé, la extrajera con desconcierto dice: --¿dónde estar yo?
--Mire miss, en Chepe negrita, ¿poder correrse Ud. para allá?— contesta un anciano.
Se escucha La vida es un carnaval. De pronto, entran dos ladrones y con frenético aliento gritan:
--echando toda la platica, toda, rápido; el chofer les da el dinero, su celular, se oye un ¡Oh my God!,
la viejita reza, los novios se reconcilian y desde atrás del bus, se oye una voz de un borrachito que se
va despertando de su siesta:--¡Diay!, ¿qué pasa?
De pronto, uno de los asaltantes ve un recuerdo de su infancia, una luz: iba con un helado en su
mano y su papá lo cuidaba. Devuelve el dinero y dice:
--Estas personas son como yo, no les quito nada, no les debo nada.
Corre libre, dispuesto a cambiar su vida.
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“Tiquicia en breve”, 20 Cuentos Cortos
¡Valor!
Luis Barboza Granados
El Valle Central, cuna de la cultura nacional; Guanacaste, tierra llena de tradiciones y cultura; ¿qué
decir de Limón, con el sabor del Caribe que impregna nuestra patria?... Costa Rica es un país lleno
de energía, de movimiento, pero históricamente ha cometido un grave error: la Zona Sur del país ha
sido siempre dejada de lado. ¿Probará este pequeño cuento su importancia? Opinaba don Beto que
sí... Porque don Beto mismo fue quien llegó a la zona que hoy es San Isidro solo, a pie. Después de
una vida de muchacho en Dota, ahora que su madre no estaba en este mundo, decidió trasladarse
al sur, para crecer y prosperar. Ya su hermano y su padre habían partido, mientras él se quedó atrás,
para cerrar la pulpería y cobrar los últimos apuntes de los campesinos.
Muy de mañana, salió a la trocha a la espera de Juan Ernesto, Chepillo y Garrobo, con quienes
pensaba viajar. Estos hombres guiaban una piara hasta Buenos Aires, y Beto quería andar con ellos
porque, en esos tiempos, el Cerro de la Muerte de verdad hacía valer su nombre ante quienes lo
desafiaban de manera individual y arrogante.
Con la botella de café por la mitad (el frío lo hacía tomarlo a grandes sorbos) pensó:
-Juepucha... ya deben de ser más de las seis, verdá? Esa gente ya pasó y me dejaron botado -y
de verdad, se veían unas huellas en el barro de la trocha-Juepuuuuucha frío. Mejor me apuro y me
les pongo atrás.
Y se puso Beto a caminar a paso rápido, para alcanzar a sus amigos. Iba confiado en las huellas en
el barro. Cantaban los jilgueros de montaña en los árboles y, en un momento, estaba casi seguro, se
oyó el sonido impresionante, imposible de describir, de un roble inmenso que caía a lo lejos.
Beto caminaba y caminaba rápido. Estaba un poco cansado, pero se iba calentando conforme
salía el sol. Además, como no llevaba mucho equipaje, iba bastante ligero, casi escotero. Llegó al
refugio de Ojo de Agua en la tarde y se dio cuenta de lo que había pasado. No podían llevarle tanta
ventaja. Ya debía haber alcanzado a los arrieros. Las huellas tenían que ser viejas, de otro grupo
anterior. ¿Qué hacer?
En el refugio, encontró la leña que algún viajero, siguiendo la ley no escrita del buen prójimo,
había preparado para el siguiente caminante. Logró encender fuego, se cobijó y se acostó... a
temblar... no a dormir... ¡Juepucha frío!
Al día siguiente se levantó muy temprano y, tras dejar leña lista, siguió su camino.
¡Qué constancia! ¡Qué fuerza! ¡Qué valentía la de este hombre, quien se enfrentó con total
humildad al Cerro de la Muerte! Y, no es casualidad, hoy, San Isidro prospera.
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Junta Directiva
2014-2015
M.Sc. Lilliam González Castro
M.Sc. Lidia Rojas Meléndez
M.Sc. Fernando López Contreras
Lcda. Yolanda Hernández Ramírez
M.Sc. Magda Rojas Saborío
M.Sc. José Pablo Porras Calvo
Presidenta
Vicepresidente
Tesorero
Fiscal
Secretaria
Prosecretario
M.Sc. Gisell Herrera Jara
Vocal 1
M.Sc. Silvia Elena Torres Jiménez
Vocal 2
M.Sc. Bianney Gamboa Barrantes
Vocal 3
Mejores Profesionales, Mejor Educación.